Leo hoy muchas críticas hacia los medios de comunicación. A unos porque no cubrieron la masacre de París; a otros porque lo hicieron bien, mal o regular; y, los más exquisitos, a la prensa escrita por no encontrar enfoques originales. Vamos a ver cómo les digo esto: los atentados de ayer ocurrieron a las 10 de la noche de un viernes. Repito: 10 y pico de la noche, viernes, víspera de fin de semana. No es cuestión de espíritu festivo o falta de profesionalidad, sino de efectivos. Con carácter general: no hay retenes de guardia suficientes en las redacciones para asumir el océano de datos, informaciones, declaraciones, testimonios, rumores y ‘fakes’ que circularon a esa hora. No todas las teles, ni radios, ni periódicos quieren destinar su dinero a pagar un corresponsal permanente en París. No siempre hay expertos a las primeras de cambio que llevarte a la boca. No siempre puedes improvisar un directo si estás tú y el del tambor, y los hechos están pasando a miles de kilómetros de tu redacción central. La noticia salta y las televisiones no disponen –muchas porque no quieren- de un servicio de continuidad que garantice una cobertura completa y a la altura. Y en un diario, a esas horas, tampoco la redacción está precisamente llena. A mí mismo me pillo ayer a 120 kilómetros de Madrid, tomando cervezas después de haber pasado una tarde hermosa y reconfortante recordando a nuestro añorado Manu Leguineche. A esas horas se desató el infierno. Hubo coberturas en directo de quien podía hacerlas y hubo reacciones de la prensa incluso en primera edición. El editorial de mi periódico, ya para segunda, tuvo que ser dictado anoche de madrugada, a vuelapluma. Y hoy los compañeros acumulan jornadas kilométricas. Y yo mismo estoy aquí, a estas horas, escribiendo este testamento después de haberme currado con mi compañero un editorial de casi 7.000 caracteres. Excitado. Cansado. Feliz.

Lo comprendo. Les comprendo. El personal quiere desde el primer minuto respuestas rápidas, certezas, informaciones contrastadas aun cuando el propio presidente de toda una República como la francesa comparece mientras decenas de terroristas siguen libres en las calles de París. Pero no siempre es posible. Aun así, decenas de compañeros de todos los medios acreditaron anoche que el periodismo sigue siendo un oficio imprescindible para no vivir a oscuras.

Sí, ya sé. Jorge Javier en Telecinco y ‘Tú cara me suena’ en los otros. Bien. Bueno, bien no. Mal. Son privadas. Emiten con una licencia pública que les obliga a atender las exigencias informativas. Pero la incumplen porque el hachazo que ellas mismas han asestado a las plantillas ha dejado sus Informativos en cueros para atender una emergencia de ese calibre al filo de la madrugada de un viernes. Puede que la información ya no interese más que el entretenimiento, pero la audiencia sí les interesa a estas cadenas que, de haber podido, hubieran convertido París en un inmenso plató.

En resumen: este domingo, si acuden al kiosco, podrán comprobar el despliegue de la prensa de papel. Y que me disculpen los inventores del nuevo periodismo pero ni internet, ni Twitter, ni el destello de la televisión han sido capaces aún de cubrir la necesidad de la gente de tomar conciencia de un acontecimiento viéndolo estampado en los titulares y las fotos a cinco columnas de un periódico impreso.

En una conferencia en la que Lázaro Carreter, entonces director de la RAE, cargaba contra los periodistas por el mal uso del idioma y las faltas de ortografía, Manu pidió la palabra y le recordó al ilustre académico que cuando un reportero escribe bajo las bombas, a veces se le puede colar una coma. No es ninguna excusa. Es la puta realidad.

Así que perdonen las molestias y, si quieren, sigan atentos a sus pantallas. Y a los kioscos.

Masacre en París. Otra vez.

Atentado yihadista en París. Otra vez París. Otra vez Francia, la cuna del laicismo y la Ilustración. 129 muertos y decenas de heridos.

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Román el demócrata

11167686_10205327372209710_3434552766833461456_nEl alcalde de Guadalajara, Román el demócrata, ha enviado una carta a los vecinos de la ciudad comunicando que no tiene más remedio –legal, se entiende- que cumplir el acuerdo adoptado por el Pleno el pasado 4 de septiembre para eliminar los nombres franquistas del callejero. La moción de Ahora Guadalajara fue respaldada por el PSOE y contó con la abstención de Ciudadanos, así que la mayoría simple del PP se quedó compuesta y sin las travesañas del antiguo régimen.

En lugar de ejecutar el acuerdo plenario, Román el demócrata ha reaccionado casi dos meses después con una misiva entre cínica e impúdica. Román el demócrata explica que no le queda más opción que llevar a efecto el mandato aprobado por esos rojos que ahora le han quitado la mayoría absoluta del consistorio, y “lamenta las molestias” que ocasionará a los vecinos.

La misiva es una muestra de cuál es la idea partidista y sesgada de Román el demócrata del cargo institucional que representa. ¿Cómo es posible que el alcalde de todos caiga en este sectarismo? ¿Cómo es posible que el alcalde de todos utilice fondos del Ayuntamiento para remitir una carta, firmada en calidad de alcalde y con el membrete consistorial, destinada a vituperar al resto de grupos democráticamente elegidos?

Conste que la carta la envió el alcalde Román, no el vocero del Grupo Popular. Y eso agrava aún más su comportamiento.

En todo caso, el colmo del argumentario romanesco consiste en escudarse en una encuesta que el Ayuntamiento hizo a los vecinos de las calles afectadas y que arrojó –oh, sorpresa- que el 96% no estaba por la labor de cambiarle los nombres a estas vías. La encuesta de marras incluía solo la consulta a los cabezas de familia de cada vivienda, al más puro estilo antañón. Pero lo mollar, tal como advertimos en septiembre es calibrar qué es más importante, ¿la opinión de estos vecinos o el acuerdo soberano del Pleno municipal? Ya entonces asomaba el doble rasero de Román el demócrata: ¿Por qué todos los españoles tenemos que votar la independencia de Cataluña y, en cambio, solo unos pocos vecinos pueden decidir el nombre de unas calles?

La propuesta que elevó Ahora Guadalajara insta al cambio de la nomenclatura de media docena de vías de la capital alcarreña: Capitán Boixareu Rivera (militar que conquistó Lleida para el bando franquista); General Moscardó Guzmán (designado en mayo de 1953 gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Guadalajara); Hermanos Ros Emperador (activistas del golpe de julio de 1936); Gutiérrez Orejón (policía franquista); Fernando Palanca (ex alcalde) y la Plaza de los Caídos. La moción se fundamenta en la aplicación del artículo 15 de la vigente Ley de Memoria Histórica, que exhorta a tomar las “medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura”.

Incluso el Ayuntamiento de Tárrega (Lleida) aprobó a finales del mes pasado una moción que instaba al Ayuntamiento de Guadalajara a retirar “todos los honores” a José Boixareu Rivera, uno de los responsables de ocupar y tomar por la fuerza esta ciudad al Ejército republicano el 15 de enero de 1939. El Pleno de Tárrega expresaba así su agradecimiento por retirar la calle al voluntario falangista y capitán golpista que formó parte del “Cuarto Tabor de Tiradores de Ifni” del ejército marroquí, a las órdenes del general Yagüe, alias El carnicero de Badajoz.

“Es la ley”. “Hay que hacer cumplir la ley”. “La ley está para ser cumplida”. “No hay más camino que la ley”. “El primer deber de un gobernante es cumplir la ley y hacerla cumplir”.

Son los latiguillos habituales de Rajoy en estos días de agitación catalana. ¿Por qué no quiere aplicárselo Román el demócrata? ¿A qué espera para dar cumplimiento a la decisión del Pleno que preside? El dirigente de un partido político puede organizar romerías para la jura de bandera, desdeñar la memoria histórica o encabezar manifestaciones en contra del derecho al aborto. El alcalde de un municipio, no. El alcalde de un municipio debe tener como prioridad cumplir las decisiones del Pleno. Le gusten o no al señor alcalde.

“El político debe tener: amor apasionado por su causa; ética de su responsabilidad; mesura en sus actuaciones”, decía Max Weber.

Román el demócrata aún tiene la ocasión, si rectifica, de demostrar que lo de su pretendido talante no se queda en mera fachada del yerno ideal que todas las suegras de la Guadalajara de ayer, de hoy y de siempre quisieran tener en sus mesas de Navidad. Modificar su postura con relación a este asunto le convertiría de verdad en un dirigente de la derecha moderna, y no en un tipo preso de los viejos rencores. Sólo él puede hacerlo. Y sólo mediante un cambio en su actitud, el sector más conservador y casposo de la sociología arriacense aceptaría que una ciudad del siglo XXI no puede rendir honores a militares golpistas. 

Lo que ya no tiene remedio es la carta, que a buen seguro pasará a los anales de la historia local como uno de los ejercicios más sucios y detestables desde el punto de vista del fair play político. La misiva de Román el demócrata podría ir al cajón de las cosas serias de Mongolia, pero quizá se queda en un remedo de Martínez, el facha. Aunque, siendo serios, El Jueves nunca aceptaría entre los suyos a un personaje tan grisáceamente moderado, tan subrepticiamente sectario, tan declaradamente estólido como Román el demócrata.

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