Javier Sanz: la humildad de un erudito seguntino

El cronista provincial de Guadalajara y médico de profesión, Antonio Herrera Casado, fue el encargado de recordarlo al finalizar la solemne sesión: “no es nada habitual que un guadalajareño sea elegido académico, así que a este acto hay que darle la importancia que se merece”. Es una verdad empírica que el pasado martes cobró forma con la lectura por parte de Javier Sanz Serrulla del discurso de toma de posesión como miembro en la Real Academia de Medicina (RANM). El acto tuvo lugar en la histórica sede de esta institución –fundada en 1861- en el centro de Madrid, y congregó no sólo al plenario de la corporación académica sino a decenas de amigos de Javier llegados desde Guadalajara.

Durante su intervención, prolija y emotiva, Javier Sanz trazó un “elogio de la cirugía vieja” aunque en el fondo realizó un canto a la función social que cumple la medicina. Arrancó sus palabras parafraseando a García Márquez y mencionó en varias ocasiones su crianza seguntina y el origen de su interés por la medicina: “Si hoy fuera yo el coronel Aureliano Buendía y estuviera frente al pelotón de fusilamiento, no recordaría la remota tarde en que mi padre me llevara a conocer el hielo, sino el momento en que me encontré de súbito ante los viejos anaqueles del Archivo Catedralicio de Sigüenza, introducido por el entonces canónigo Asenjo Pelegrina. Intuí que allí se guardaban las notas con las que podría componerse la sinfonía de la historia al menos la de la vieja medicina seguntina”. Así comenzó su discurso.

Además de asegurar que “la medicina occidental ha avanzado en los últimos treinta años más que en los treinta siglos anteriores”, Javier subrayó la importancia de seguir indagando en el estudio de la historia de la medicina y tuvo un recuerdo especial para su familia, especialmente, para Nuria y sus hijas Clara y Berta; y para su padre, ya fallecido. Sobre el objeto de su discurso de recepción como académico electo, no dudó en poner en valor el trabajo del cirujano, antaño considerado “un profesional sanitario” de segunda categoría. También escudriñó la etimología de la palabra cirugía, recalcó el legado de Hipócrates y Galeno y trazó una comparativa entre la dicotomía manual y técnica en el trabajo de un cirujano.

En el cierre, con un marchamo cervantino inequívoco, no dudó en pedir un acercamiento riguroso al pretérito de la cirugía, “con otros ojos, pausadamente, más desde el conocimiento de los propios textos que guardan los fundamentos y los pormenores de esta parcela de la medicina que desde posturas apriorísticas que han contaminado su verdadera historia”. La sesión estuvo presidida por el profesor Joaquín Poch y el discurso de contestación corrió a cargo de Diego Gracia, académico de número y referente en Bioética.

Conocí a Javier hace más de una docena de años cuando coincidimos en el desaparecido Guadalajara Dos Mil, donde él firmaba semanalmente su columna “En clave”. Aquel periódico, que se convirtió en una escuela de periodistas, fue también una magnífica morada para decenas de colaboradores que aportaron su impronta y su talento, y cuyo trabajo es ya parte del testimonio fedatario del pasado reciente de esta tierra. Javier era uno de ellos, aunque en su caso despuntaba también por la sencillez y bonhomía adheridas a todos los sabios que huyen de la impostación. La humildad es la prueba del algodón del verdadero erudito.

Doctor en Medicina y Cirugía, doctor en Historia, doctor en Odontología, médico especialista en Estomatología, magíster en Bioética y profesor de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Todo eso es Javier. Un cuarto de siglo de ejercicio como profesional de la medicina y 23 años impartiendo clases. Tiene más de 100 artículos publicados y ahora ostenta el cargo de director del Museo de la Facultad de Odontología de la UCM y director técnico del Museo de Medicina Infanta Margarita.

Ahora ocupará el sillón 24 en la RANM, el mismo en el que se sentaron Sánchez Granjel y Laín Entralgo. Ahí es nada. Pero el principal mérito que atesora no sólo es su curriculum, sino su capacidad para combinarlo con el cultivo de los temas locales. Javier indagó en los antiguos hospitales de la provincia de Guadalajara, escudriñó los toros en Sigüenza y dedicó a su ciudad natal una estupenda guía para seguir los pasos doncelianos. También publicó un libro dedicado a los porteros de fútbol, un volumen delicioso cuajado en la narración de los arqueros que marcaron nuestras infancias.

Su vinculación con Guadalajara es estrecha. Y de ahí que no resulte extraño que el martes se viera efusivamente acompañado en su bautismo en Arrieta 12. Allí recaló una nutrida embajada de Sigüenza (entre otros, Pilar Martínez Taboada, Juan Carlos García Muela, Emilio Fernández-Galiano, José Jiménez Blas y Nacho Sanz, éste último hermano del nuevo académico). Y también estuvieron presentes Magdalena Valerio, Lorenzo Díaz, Pedro Aguilar, Juan José Fernández Sanz, Miguel Ángel García Bravo ‘Pocholo’, José Ramón Pérez Acevedo, Mariano Canfranc, Antonio del Abril y quien esto firma. Gentes de la Alcarria, de la Sierra, de Molina.

Un médico no recibe ningún placer de la salud de sus amigos, escribió Montaigne. Pero sí puede recibir su afecto. Con Javier Sanz he compartido páginas de periódico, opiniones políticas, almuerzos en tascas de regusto cinéfilo, un pregón en el castillo de Sigüenza y hasta un encuentro feliz en el mercado de Portobello. Es culto, complaciente y discreto. Y tiene la mezcla de elegancia y sobriedad propia del molde seguntino. Para Guadalajara es un honor su consagración en la RANM. Para Sigüenza, un orgullo ya perenne. Enhorabuena, señor académico.

[Artículo publicado en NUEVA ALCARRIA, 28.10.2016]

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